A BUEN JUEZ, MEJOR TESTIGO…
Era entonces de Toledo
por el rey, gobernador,
el justiciero y valiente
don Pedro Ruiz de Alarcon.
Muchos años por su patria
el buen viejo peleo;
cercenado tiene un brazo,
mas entero el corazon.
por el rey, gobernador,
el justiciero y valiente
don Pedro Ruiz de Alarcon.
Muchos años por su patria
el buen viejo peleo;
cercenado tiene un brazo,
mas entero el corazon.
La mesa tiene delante,
los jueces en derredor,
los corchetes a la puerta
y en la derecha el baston.
Esta, como presidente
del tribunal superior,
entre un dosel y una alfombra,
reclinado en un sillon,
escuchando con paciencia
la casi asmatica voz
con que un tetrico escribano
solfea una apelacion.
Los asistentes bostezan
al murmullo arrullador;
los jueces, medio dormidos,
hacen pliegues al ropon;
los escribanos repasan
sus pergaminos al sol,
los corchetes a una moza
guiñan en un corredor,
y abajo, en Zocodover,
gritan en discorde son,
los que en el mercado venden,
lo vendido y el valor.
Una mujer en tal punto,
en faz de grande afliccion,
rojos de llorar los ojos,
ronca de gemir la voz,
suelto el cabello y el manto,
tomo plaza en el salon
diciendo a gritos: « ¡Justicia,
jueces, justicia, señor! »
Y a los pies se arroja humilde
de don Pedro de Alarcon,
en tanto que los curiosos
se agitan alrededor.
Alzola cortes don Pedro,
calmando la confusion
y el tumultuoso murmullo
que esta escena ocasiono,
diciendo:
«Mujer, ¿que quieres?»
«Quiero justicia, señor.»
«¿De que?»
«De una prenda hurtada.»
«¿Que prenda?»
«Mi corazon.»
«¿Tu lo diste?»
«Lo preste.»
«¿Y no te le han vuelto?»
«No.»
«¿Tienes testigos?»
«Ninguno.»
«¿Y promesa?»
«¡Si, por Dios!
Que al partirse de Toledo
un juramento empeno.»
«¿Quien es el?»
«Diego Martinez.»
«¿Noble?»
«Y capitan, señor.»
«Presentadme al capitan,
que cumplira si juro.»
Quedo en silencio la sala,
y a poco en el corredor
se oyo de botas y espuelas
el acompasado son.
Un portero, levantando
el tapiz, en alta voz
dijo: «El capitan don Diego.»
Y entro luego en el salon
Diego Martinez, los ojos
llenos de orgullo y furor.
«¿Sois el capitan don Diego
-dijole don Pedro vos?»
Contesto altivo y sereno
Diego Martinez:
«Yo soy.»
«¿Conoceis a esta muchacha?»
«Ha tres años, salvo error.»
«¿ Hicisteisla juramento
de ser su marido?»
«No.)>
«¿Jurais no haberlo jurado?»
«Si, juro.»
«Pues id con Dios.»
« ¡Miente!», clamo Ines llorando
de despecho y de rubor.
«Mujer, ¡piensa lo que dices…!»
«Digo que miente, juro.»
«¿Tienes testigos?»
«Ninguno.»
«Capitan, idos con Dios,
y dispensad que acusado
dudara de vuestro honor.»
Tomo Martinez la espalda,
con brusca satisfaccion,
e Ines, que le vio partirse;
resuelta y firme grito:
«Llamadle, tengo un testigo;
llamadie otra vez, señor.»
Volvio el capitan don Diego,
sentose Ruiz de Alarcon,
la multitud aquietose
y la de Vargas siguio:
«Tengo un testigo a quien nunca
falto verdad ni razon.»
«¿Quien?»
«Un hombre que de lejos
nuestras palabras oyo,
mirandonos desde arriba.»
«¿Estaba en algun balcon?»
«No, que estaba en un suplicio
donde ha timpo que expiro.»
«¿Luego es muerto?»
«No, que vive.»
«Estais loca, ¡vive Dios!
¿Quien fue?»
«El Cristo de la Vega,
a cuya faz perjuro.»
Pusieronse en pie los jueces
al nombre del Redentor,
escuchando con asombro
tan excelsa apelacion.
Reino un profundo silencio
de sorpresa y de pavor,
y Diego bajo los ojos
de vergilenza y confusion.
Un instante con los jueces
don Pedro en secreto hablo,
y levantose diciendo
con respetuosa voz:
«La ley es ley para todos;
tu testigo es el mejor,
mas para tales testigos
no hay mas tribunal que Dios.
Haremos.. lo que sepamos.
Escribano, al caer el sol
al Cristo que esta en la Vega
tomareis declaracion.»
JOSi‰ ZORRILLA